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El mito que está generando niños infelices (no, no son esponjas)

Cada vez hay más niños con alergia a la paciencia, a la soledad y al aburrimiento

Apuntarle a todo no es bueno. El cerebro de un niño no lo puede absorber todo. Tiene su propio límite. (Foto: Getty)

Desde hace unos años asistimos a una creciente preocupación y afán por estimular a nuestros hijos. Se promueven actividades desde que son bebés para las que su cerebro ni siquiera está preparado. Se somete a niños y adolescentes a que cumplan con un sinfín de actividades permanentemente estructuradas y planificadas que ellos ni han elegido.

Esta hipereducación está provocando más daños que beneficios en los niños. Los padres deben ser cautelosos y más comedidos a la hora de organizar el día a día de sus hijos.

Cada cosa tiene su momento. Pretender que lo aprendan todo antes acaba saturándoles. (Foto: Getty)

Se abusa del uso de las pantallas y se les tiene permanentemente haciendo cosas para aprender más, para que no se aburran o simplemente para mantenerlos ocupados, porque pasan mucho tiempo solos. Estas situaciones les dejan desprotegidos sin que haya espacio en sus vidas para la calma o para el descubrimiento del mundo por sí mismos.

Hoy sabemos que la ausencia de estimulación en un niño puede ocasionar daños en el desarrollo de su cerebro y, por tanto, en su aprendizaje. Pero, el afán desmesurado por sobreestimular a nuestros hijos para que sean mejores o más inteligentes y la presión para que adquieran mayores destrezas, habilidades y capacidades, lejos de perseguir este objetivo, puede mermar su salud. Y las nuevas tecnologías no han hecho más que agravar el problema.

En la adolescencia necesitan mucho más apoyo y atención; en vez de apuntarles a todo tipo de actividades dedícales tiempo. (Foto: Getty)

Por ejemplo, la Academia Americana de Pediatría recomienda que los niños menores de tres años apenas vean la televisión, nada o casi nada, como apunta la psicóloga María Pilar Quiroga Méndez. Parece imposible, ¿verdad?

Según esta experta, las exposiciones elevadas en estos primeros años de vida a la televisión, los videojuegos y otros soportes digitales influyen en los procesos de atención del niño, tanto porque se les somete en cortos períodos de tiempo a un impacto visual brutal que puede mermar el proceso de atención, como por la dificultad de centrar la atención.

¿Cómo estimular a los niños sin dañarles? ¿Cuáles son los riesgos de la hipereducación? ¿Cómo afecta al cerebro infantil la invasión de las nuevas tecnologías en sus vidas? ¿Cómo evitar la intoxicación tecnológica y el uso abusivo de las redes sociales y videojuegos?

El uso abusivo de los dispositivos afecta al desarrollo psicomotor, emocional y social de los niños. Utilizan menos su cuerpo, es decir, se mueven menos, lo que favorece el sedentarismo y dificulta el juego libre en espacios abiertos y naturales que tan importantes son para su salud y bienestar. Se relacionan menos y, por tanto, hablan menos. El lenguaje puede verse afectado. Esta excesiva utilización incluye en la manera de adaptarse a su entorno y en su aprendizaje.

Están conectados, pero solos, y viven sus vidas con tal intensidad emotiva y carga emocional a través de la red que no saben gestionar en muchas ocasiones sus emociones. (Foto: Getty)

Un ejemplo de lo que podemos permitir a los más pequeños es el uso de videochats a través de los cuales se relacionan y comunican un rato con los familiares y amigos, algo de gran utilidad en esta sociedad en las que las personas tenemos una gran movilidad geográfica. Es importante adaptarnos a los tiempos y utilizar los beneficios tan positivos que nos aporta la tecnología.

“Mi lema fundamental en este tipo de cuestiones sobre la educación infanto-juvenil es ni cavernícolas ni dementes digitales”, nos cuenta Alicia Banderas, especializada en educación y psicología infantil, y autora del libro Niños Sobreestimulados (Planeta), una guía útil donde podrás encontrar todas claves para entender cuáles son los riesgos de la sobreestimulación de los niños y qué podemos hacer para respetar su ritmo de aprendizaje.

Los expertos afirman que más de dos horas diarias pueden tener efectos nocivos. Si se opta por dejar que los niños utilicen estos dispositivos -apesar de que no es necesario en esta etapa-, la recomendación sería no superar una hora de contenidos de alta calidad, y siempre supervisados y acompañados por sus padres.

A partir de los seis años se recomienda buscar un equilibrio entre los juegos tradicionales, sus actividades diarias y los dispositivos digitales.

Limitar el tiempo que permanecen frente a estos aparatos, combinándolo con el movimiento y el ejercicio físico y con momentos para relacionarse y comunicarse con sus iguales y adultos, es una manera muy adecuada de actuar.

Por otro lado, los adolescentes viven esclavizados por su smartphone, que favorece la accesibilidad y el estar permanentemente conectado, como si tuvieran el don de la ubicuidad y la hiperpresencia. Les permite ser visibles y se sienten reconocidos, lo cual les permite también reafirmar su identidad.

Pero aunque se contagian de las emociones positivas de sus ‘amigos’ que proporcionan alegría, sorpresa, humor y empatía, también están presentes de forma más acusada otras de difícil manejo. Por ejemplo, la envidia, los celos y el odio que afloran en Internet que queda de manifiesto cuando las personas actualizan su estado, comparten fotos personales, cuando se sabe si uno ha estado conectado o no, o escriben en los foros sobre temas en los que se debate en algunas ocasiones de manera feroz.

Algunos adolescentes se muestran tremendamente narcisistas. Sienten la necesidad de exhibir su imagen en todas partes y cuanto más, mejor. La necesidad de sentirse admirados junto al deseo de formar parte del grupo y ser integrados en él, los lleva a exhibir sus vidas en internet.

El efecto negativo es que se sienten queridos o admirados por el número de seguidores que tienen, o la cantidad de veces que alguien le ha dado a «me gusta», lo cual genera vulnerabilidad y una autoestima inestable y basada en la necesidad de aprobación de los demás.

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